¿Qué hacer frente a un Presidente que, ante una simple inquietud sobre el rumbo de la economía, aun cuando ese planteo se formule con buenas intenciones y en un ámbito privado, reacciona con una catarsis violenta? Es la pregunta que suelen hacerse las personas que acceden a la intimidad de la Quinta de Olivos para hablar mano a mano con Javier Milei. No hay forma de plantearle ya no un giro en el programa, sino un mínimo matiz sobre sus dogmas. Interlocutores prudentes se han marchado de la Residencia sin darle lugar a un debate sincero. Incluso así, uno de ellos comprobó, apenas pisó la calle y encendió su celular, que el primer mandatario continuaba la discusión por WhatsApp, con largos comentarios y estadísticas, como si no pudiera soltar el tema.
En su micromundo de Olivos, Milei luce igual que en público. Obcecado, gritón, infranqueable. No es propenso a escuchar críticas a su modelo, mucho menos ahora que siente que una ola de empresarios, economistas y outsiders -ayudados por los periodistas, claro- se unen para desgastar a su administración.
Federico Sturzenegger es custionado por algunos, pero Javier Milei lo defiende a ultranza. Foto: Cristina Sille.Lo vive como una amenaza. Cree que hay una conspiración contra él y que buscan quebrarlo con vistas a las próximas presidenciales. Se siente incomprendido hasta por un sector de la sociedad, y del establishment, que apoya a su gobierno y que apuesta a la reelección. Su malestar radica en que casi nadie -afirma- dimensiona el estado real en el que encontró el país en diciembre de 2023 ni el ordenamiento de la macroeconomía que hizo y que para él marcan un antes y un después en la historia argentina.
Tras diez días sin dejarse ver, Milei reapareció esta semana y salió a confrontar con los escépticos. “Primero, los datos”, dijo. Anunció que festejará con un recital que la inflación mayorista haya marcado 0,8% en julio y se jactó de haber vaticinado este número. Sin dudas se trata de un logro en un país que venía del 211% anual de inflación del último período kirchnerista, pero no dijo toda la verdad: su promesa -reiterada varias veces- era que en agosto la inflación minorista tendría un cero adelante, cosa que parece bastante lejana. Los archivos están a solo un clic.
De lo que no hay archivos, porque no existen, es sobre lo que decía a fines del año pasado frente a varios de sus ministros: que la economía en 2026 crecería, al menos, un seis por ciento. Manuel Adorni podría dar fe, porque él también lo repetía con entusiasmo. Su sucesor, Diego Santilli, es menos audaz: cuando le preguntan, dice que prefiere no hacer estimaciones.
Santiago Bausili es uno de los funcionarios más prudentes del equipo económico. Foto: Federico López Claro.Esta semana fue difícil en aquel plano de los compromisos. Si bien en julio la actividad se recuperó un poco, se confirmó que crece mucho menos que en 2025. En el primer semestre de este año, según el Indec, la suba fue del 1,9%, cuando el año pasado lo hacía a un ritmo de más del doble.
No es el único punto desalentador. El superávit fiscal se mantiene, pero es menor que doce meses atrás. Y el ritmo inflacionario no cede como auguraban en el oficialismo. En los primeros seis meses de este año el IPC acumuló 19,3%, un piso más alto que el 17,3% registrado en el mismo período de 2025: el gran traspié de este año se dio en el primer trimestre cuando las subas de precios estuvieron muy por encima de lo planificado.
Después del rotundo triunfo en las elecciones de medio término, en la cima del Gobierno creyeron que se derrumbaría el riesgo país y que se volvería pronto a los mercados, lo que derivaría en una inyección adicional para el crecimiento. No ocurrió y se sumaron otros factores de preocupación que escalan en la opinión pública: la aparición de millones de morosos, la sensación de que el trabajo puede perderse y de que los ingresos podrían volverse insuficientes frente a una inflación que no deja de ser alta comparada con los países de la región.
La consultora Equilibra acaba de difundir que el ingreso registrado de 14,5 millones de personas cayó 0,5% mensual y 6,9% interanual en junio, lo que da 16,9% por debajo del promedio de enero-septiembre de 2023.
Los sectores beneficiados en la era Milei (agro, minería y energía, entre otros) no alcanzan para contrarrestar los indicadores del entramado de empresas orientadas al mercado interno. Un dato: la Asociación de Industriales Metalúrgicos de la República Argentina (Adimra), que representa a 20 mil empresas industriales, advirtió días atrás que acumula 20 meses consecutivos de contracción. En julio se registró una caída interanual del 4,4% con impacto en provincias de fuerte desarrollo industrial como Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos y Mendoza. A la par, el consumo masivo, según Scentia, acumula en 2026 una baja del 2,9%.
Frente a estas situaciones, la Casa Rosada responde más con rabia que con empatía. Los principales exégetas mileístas dicen que no se moverán un ápice del horizonte trazado por su líder. Que todo marcha de acuerdo al plan, por más que haya funcionarios importantes que ya hace tiempo miran con cierta perplejidad las reacciones oficiales frente a las demandas sociales crecientes. Milei prioriza a quienes piensan como él. Federico Sturzenegger, por ejemplo, al que no para de elogiar, pese a las críticas solapadas de algunos de sus compañeros de Gabinete y de la propia Karina.
“A esta altura tenemos pocas palancas para hacer algo distinto. Javier está convencido de que no hay otro camino y de que no existen atajos”, dice un influyente consultor de La Libertad Avanza. Los confidentes presidenciales más cercanos no se animan a contradecirlo: “Como diría Moria, que ahora está de moda de nuevo: ‘si querés llorar, llorá’, pero Milei va a ser Milei hasta el último día”, reafirma uno de ellos.
La mesa política del Gobierno de Javier Milei. El jefe de Estado ni siquiera se permite maquillar sus palabras, como sí hizo en la campaña pasada, después de perder la contienda en la provincia de Buenos Aires. Cualquiera que haya visto sus presentaciones de esta semana podría atestiguar que su tono parece cada vez más violento. Las frases que les dedica a los periodistas, a los economistas y, en menor medida a los opositores, se han vuelto irreproducibles.
El Círculo Rojo anda a los saltos, nervioso, por más que el dólar se mantenga quieto y el Banco Central acumule reservas. Pasó de preguntar si Milei obtendrá la reelección a indagar sobre cómo se llegará al proceso electoral en medio de este clima tan hostil. ¿Habrá un fuerte repunte de la economía que vuelva a disparar hacia arriba la imagen del jefe de Estado y devuelva la tranquilidad? ¿Se vendrán los mejores 18 meses de las últimas décadas, como aseguró Luis Caputo? Ya pasaron 131 días de aquella frase.
La incertidumbre es una oportunidad para quienes sueñan con alzarse con el poder el año que viene. Axel Kicillof dice estar seguro de que un armado amplio que estimule una gran interna lo dejaría a tiro del balotaje con Milei. Cree, además, haber conseguido una victoria interna después de la reunión con gobernadores y otras personalidades del peronismo porque supone que eso lo eximirá de tener que ir a negociar con Cristina. En La Plata se celebran esos pequeños triunfos. Es lo que hay.
A propósito: en los últimos días hubo otro discreto festejo, pero virtual. Fue cuando un integrante del Gabinete les mandó por WhatsApp a otros el link con la nota de La Nación en la que se daba cuenta del viaje a la isla de Barbados de Sergio Massa y Malena Galmarini en avión privado.
Axel Kicillof se prepara para ser candidato a presidente por el peronismo.Los dirigentes outsiders que analizan saltar a la política se mantienen en silencio. Daniel Hadad, tras una serie de entrevistas, volvió a Miami, donde vive hace varios años. El pastor Dante Gebel permanece en California y recién vendría al país en diciembre.
De los que suenan, Jorge Brito parecería ser el más activo, aunque no tiene previsto dar entrevistas ni hacer anuncios. Se mantiene en las sombras y arma reuniones en las que se asegura que no le saquen fotos para no levantar el perfil antes de tiempo.
Muchas de ellas ocurren en su despacho del Banco Macro, en Puerto Madero. Allí, de espaldas a su sillón, tiene colgada una bandera argentina, enmarcada en dorado. Sus invitados siempre le preguntan qué significa y él les cuenta que la tenía Perón en su casa en España. Una herencia de su padre que algunos miran con fascinación y otros, con inevitable rechazo.